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  • La Sociedad de Blues de Madrid y Zigia 28: Donde el blues crea comunidad

    La Sociedad de Blues de Madrid y Zigia 28: Donde el blues crea comunidad

    Artículo escrito por Héctor Martínez González (ver bio al final)

    En un mundo donde el individualismo, el egoísmo y las pantallas dominan nuestro día a día, algunos espacios y colectivos siguen reivindicando algo esencial: el poder transformador de reunirse alrededor de la música y de quienes la crean.

    Recientemente, la Sociedad de Blues de Madrid (SBM) y el centro cívico Zigia 28 han unido fuerzas para ofrecer los sábados al mediodía las Blues Roots Sessions, conciertos íntimos, en un ambiente familiar y con toda la cercanía y fuerza que este estilo musical posee.

    La SBM y Zigia 28 representan mucho más que una asociación cultural y una sala de conciertos respectivamente: son ejemplos vivos de cómo la música de raíz continúa siendo una herramienta fundamental para la construcción de comunidad, el apoyo mutuo y la revolución social.

    La música de raíz como lenguaje universal

    El blues no es simplemente un género musical; es, en su esencia más profunda, un lenguaje emocional que surgió de la necesidad de las comunidades afroamericanas de procesar el dolor, la injusticia y el desarraigo que sufrían, pero también de celebrar la resistencia, el amor y la solidaridad. Esta honestidad radical es lo que convierte al blues, como a todas las músicas de raíz, en un elemento primordial de cohesión social.

    Cuando alguien toca o canta blues, no está interpretando un rol: se transforma en aquello de lo que está hablando y cuenta su verdad. Y cuando una comunidad se reúne en torno a esa verdad compartida, se crean vínculos que son difícilmente alcanzables en otros ámbitos de la vida social.

    La Sociedad de Blues de Madrid: valores comunitarios

    La SBM nació en 2012 con una vocación que va más allá de organizar conciertos o reunir a aficionados.

    Su misión se articula en torno a tres ejes fundamentales:

    – Dar a conocer este género musical: La SBM tiene como objetivo principal divulgar y dar a conocer el blues, con especial atención al creado en la Comunidad de Madrid.

    – Apoyar a los músicos y artistas de la escena madrileña: La música no existe sin sus creadores e intérpretes, motivo por el que estos siempre están en el centro de las decisiones que la SBM toma, anteponiendo siempre la dignidad y el respeto a los artistas.

    – Construir comunidad: Quizás el aspecto más importante y menos visible desde fuera es la vocación de la SBM de crear un espacio de interacción entre sus socios y el público general, promoviendo el intercambio de opiniones y sensaciones. Además, la SBM colabora con distintas ONG, propiciando que la música llene espacios, como los centros penitenciarios, creando momentos únicos de conexión humana entre sus muros.

    Zigia 28: un hogar para la comunidad bluesera

    La llegada de Zigia 28 como nueva sede de las Blues Roots Sessions de la SBM supone un acontecimiento especialmente significativo. Ubicado en el barrio de Pueblo Nuevo, en el este de Madrid, este espacio cultural autogestionado y multidisciplinar se ha convertido en mucho más que una sala de conciertos.

    Es un espacio concebido para que la cultura, la creatividad y el encuentro puedan suceder de manera orgánica y auténtica. Su atmósfera invita a quedarse, a conversar, a escuchar con atención y a participar activamente, encajando perfectamente con la filosofía de la SBM de entender sus eventos como experiencias de participación colectiva más que como productos culturales de consumo pasivo.

    La elección de Zigia 28 también refleja una apuesta consciente por el tejido cultural independiente de Madrid. En un momento en que los espacios alternativos enfrentan enormes presiones económicas y urbanísticas, tanto la SBM como Zigia 28 eligen apostar por lo auténtico, lo humano y lo comunitario.

    Llevar la cultura al barrio: la Revolución a través del blues

    La dimensión social de iniciativas como la SBM y espacios como Zigia 28 adquiere especial relevancia en nuestro contexto contemporáneo. Vivimos en un tiempo marcado por el aislamiento, la fragmentación de los lazos comunitarios y la dificultad creciente de encontrar espacios donde las personas puedan relacionarse de manera genuina.

    Por este motivo, llevar la cultura a los barrios supone una oportunidad para que la gente conozca de primera mano una música, el blues, que por su vocación participativa invita no solo a contemplar sino a vivir desde dentro, a cantar, a bailar, a responder, a contribuir, dando un valor incalculable a cada intenso momento vivido.

    Esta participación no es solo estética: es social y política en el sentido más profundo. Cuando una comunidad canta junta, está afirmando su existencia colectiva, su capacidad de crear belleza sin necesidad de grandes recursos, su autonomía frente a los mecanismos de la industria cultural masiva.

    La SBM y Zigia 28 demuestran que la música sigue siendo uno de los últimos refugios donde podemos practicar, de manera concreta y cotidiana, el apoyo mutuo, la escucha activa y la generosidad. Son espacios donde la revolución social acontece canción a canción, nota a nota.


    Héctor Martinez González

    Ingeniero e historiador, desde 2007 viene desarrollando una rigurosa labor de investigación sobre el trasfondo social del blues, buscando el origen de las historias que se esconden tras sus canciones más conocidas.

    Esa labor de recopilación germinó en la publicación de 15 artículos en medios de España, Argentina y México, y su repercusión en las ondas en programas de Radio 3, M21 y Radio Aragón. Además, esos textos fueron origen de conferencias en centros penitenciarios de la mano de la ONG Solidarios para el desarrollo.

    En 2019 publica su primer libro Comer y Cantar – Soul Food & Blues, elegido en 2020 como el mejor libro de comida americana en el mundo por los Gourmand World Cookbook Awards. En 2021 ve la luz Al Compás del Vudú (Religión, Represión y Música), donde investiga la influencia de la ocupación española de Lousiana. Y en 2025 ha publicado LGTB Blues (1921-1965), sobre la escena queer en la música afroamericana.

    Actualmente, Héctor es presidente de la SBM

  • El Blues de Vitruvio

    El Blues de Vitruvio

    El blues, como madre y padre de varios géneros, forma parte del amplio espectro de la música afronorteamericana, un espectro que va desde el jazz, el rock, el soul, el funk, el hip hop y muchos otros géneros derivados.

    El gran arquitecto romano Vitruvio estableció, en su tratado “De Architectura”, conceptos sobre belleza y armonía que luego, en el renacimiento, tomó Leonardo Da Vinci para realizar su famoso dibujo de “El Hombre de Vitruvio”. En él, Leonardo dibuja las proporciones ideales del cuerpo humano, según las indicaciones del antiguo maestro.

    Si hiciéramos una comparación de ese dibujo famoso con la música afronorteamericana podríamos decir que, al igual que en el dibujo de Leonardo, el blues es una música que contiene una armonía simple pero perfecta, humana y bella como las proporciones áureas del cuerpo humano.

    Ahora, si nos concentráramos en las tres corrientes musicales principales que surgen de la misma raíz, como el Blues propiamente dicho, con su evolución urbana incluida (blues de Chicago), el jazz y el rock, tendríamos áreas corporales en donde cada una de estas músicas se manifiestan de manera diferente.

    El jazz tiene una elaboración armónica mucho más compleja que el blues: cambios de acordes, tonalidades complejas, escalas modales en la improvisación, etcétera, que enriquecen y colorean una música que es sensible y que piensa esa complejidad desde el cerebro, pero dirigida al corazón.

    El blues por su parte, surge de las entrañas. Su área de acción principal se acomoda en el centro del cuerpo y va desde el corazón al sexo. No es que no use el cerebro, pero piensa más con las tripas (el intestino es considerado hoy por la ciencia como un segundo cerebro). Se aloja en el corazón y se descarga en el sexo. Los brazos y las manos, como en el jazz también, construyen con habilidad técnica la expresión instrumental. Así es el blues, sus temáticas son simples, hablan del amor, el engaño, las penurias de los tiempos duros, y la satisfacción sexual. Eso no excluye la felicidad que produce el canto, siendo de esta forma, el blues, un medio de catarsis para la liberación del alma oprimida.

    El hermano menor, el rock and roll, comparte las tripas y el sexo con el blues, pero más que pensar y sentir, patea con las fuerzas de las piernas. Mueve las caderas como Elvis y baila frenéticamente.

    En resumen, los tres comparten zonas vitales, pero el jazz tiene belleza mental, el blues sentimiento visceral y el rock fuerza irracional.

    … los tres comparten zonas vitales, pero el jazz tiene belleza mental, el blues sentimiento visceral y el rock fuerza irracional.

    Si Leonardo hubiera transitado el siglo XX probablemente nos hubiera dejado un dibujo como este:

    Siguiendo con esta idea, podemos decir que toda la música de raíz afronorteamericana está embebida de blues y son algunas de las características del mismo lo que hace que todos los estilos derivados tengan esa expresividad que toca fibras íntimas y esa posibilidad de improvisación, tanto vocal como instrumental, que da un sentido de libertad a una música que surge de una población que sufrió la opresión y el maltrato.

    Este es el gran legado del blues, una estructura musical simple y rústica que, aunque limitada, otorga al mismo tiempo una libertad ilimitada para expresar los estados de ánimo.

  • «Rosagasario Blues» cumple 25 años

    «Rosagasario Blues» cumple 25 años

    Pensando en cómo comenzar con las publicaciones del blog recordé que este año se cumplen 25 años del documental «Rosagasario Blues». Por ese fin de siglo, en el Rosario donde viví más de 20 años, ya estaba plenamente inmerso en la escena del blues local y nacional, y pensé en hacer algo que reflejara esa movida, principalmente local, aprovechando que en mis estudios de Comunicación había una asignatura que se llamaba Producción Audiovisual.

    Dicho y hecho, mi propuesta fue aprobada y seleccionada por el titular de la cátedra, y junto con un otro grupo de alumnos «a mi mando» nos pusimos manos a la obra. El resultado fue lo que podréis ver más abajo, una pieza de 33 minutos, realizado en condiciones muy artesanales, pero creo honestamente, que aún conserva cierta frescura y actualidad, además de ser un registro único en la época. Incluso hasta ahora, me atrevería a decir.

    Un último comentario antes de pasar al documental: el título -que también se explica al comienzo de la pieza- hace referencia a un lenguaje carcelario usado en los centros penitenciarios de Rosario por esos años y que tenía por objetivo algo muy evidente: que los guardias no se enteraran del contenido de las conversaciones de los reclusos. Como recomendación, para quien quiera sumergirse en los vericuetos de esta jerga, os sugiero la película «Rosarigasinos» (2001), maravillosamente interpretada por Federico Luppi y Ulises Dumont.

    Y aquí os dejo con el documental de marras. Estaré encantado de leer vuestros comentarios.